Naturaleza e instrumentos musicales

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Escena de río con laúd
Escena de río con laúd

Miguel Alcantud Rubio

La madera es uno de los recursos naturales más importantes en la construcción de instrumentos musicales. Desde la antigüedad ha sido muy valorada por sus cualidades acústicas. Se encuentran testimonios sobre las proporciones sonoras y calidad de un buen instrumento desde Platón hasta Aristóteles quien, en su obra “La Física”, expone de forma muy precisa cuales eran las maderas más adecuadas para construir instrumentos. Señala que debían ser densas y duras ya que propagan el sonido mucho mejor que las maderas blandas desaconsejando su uso para los instrumentos. Es curioso cómo resume esta premisa sólo con el título “La lana no suena”, por ser un material tan blando que produce poquísimas vibraciones. Pero, paradójicamente, en todos los instrumentos de cuerda son materiales “blandos” los que producen la vibración que se transmite hasta la caja de resonancia a través de puentes o aros, donde se amplifica de forma natural, para sonar hacia el exterior a través de oídos.
Algunas coníferas, como el pino abeto europeo, el abeto engelmann, oriundo de Norteamérica, el pino sitka, también norteamericano y uno de los mayores de su género, entre otras, son excelentes para las tapas armónicas debido a su fácil forma de trabajarlas y a que la estructura de sus fibras y dirección de las betas hacen que las ondas se propaguen rápidamente a la caja de resonancia, ayudando a obtener un sonido adecuado. Lo curioso es que por sí solas no suenan. Si quisiéramos construir un instrumento con caja de resonancia de estas maderas, su sonido probablemente sea muy débil. Según algunos tratados históricos de organología, no valen para hacer instrumentos. No obstante sí son útiles para ayudar a dispersar el sonido hacia el resto del instrumento. Su utilización en violería data probablemente desde el Renacimiento.

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